Desde el punto de
vista libertario, se reconoce claramente al sistema educativo como base e
inicio de la coerción social. Dejando de lado la connotación machista que pueda
tener, el juego de palabras “educastración” define bien esta problemática. En
sentido metafórico, alude a la instrucción forzada a que niñas y niños se
someten, y en la cual se les priva de su facultad proactiva y creativa
(haciéndoles “estériles” de espíritu) mediante el proceso de reemplazar su
individualidad por la personalidad y carácter uniformes que el sistema exige. Por
cierto que se trata de mutilación y no de desarrollo, como se pretende
establecer.
Considerando esto, es natural preguntarse ¿es posible y
factible la educación libertaria en el seno de la institucionalidad? O, menos
grandilocuente ¿hay esperanzas de educar a la infancia pese a este sistema?
Este artículo no contiene la respuesta definitiva, la utopía
es cuestión personal. Pero ver florecer una rosa en medio del pavimento es una
instancia que vale la pena compartir como mensaje de esperanza, en especial si
se trata de una rosa del alma en el pavimento de la institucionalidad. Vale la
pena conocerla, atesorar su testimonio y compartirlo incluso sin más objetivo
que el comunicar su existencia.
Vale la pena, también, rogar por conseguirlo y así se debió
hacer en este caso. La tía Carol se sonroja, se ríe y evade el tema. De tanto
insistirle, acaba accediendo a relatarnos su experiencia pero a condición de
mantenerse anónima. Nada de fotos, video ni detalles que permitan
identificarla. Sólo su nombre y su corta pero intensa historia de amor en
acción.
“Son niñas que han vivido violencia intrafamiliar en todo su
sistema, de sus hogares, y también, ellas mismas siendo adolescentes, buscan
refugio en ese hogar por el hecho de que se dieron cuenta de la violencia en la
que viven”.
“Son niñas que en toda su vida no han podido conocer lo que
es una familia y, a pesar de eso, igual sonreían. Por tanto, eso me daba
esperanzas para seguir, poder regalarles un poquito de lo que yo puedo otorgar
mediante los conceptos básicos que difícilmente ellas podían ejercer, que son
la solidaridad, el compañerismo y el trabajo comunitario que yo intenté lograr
ahí. Se llevó a cabo, difícilmente, pero se llevó a cabo. A pesar del poco
tiempo.
Ellas podían ser rebeldes, sí. Pero eran muy resistentes,
pese a todo el dolor que llevaban y que demostraban mediante sus crisis; que
son las secuelas de todo lo que es el sistema machista, al fin y al cabo. Ellas
fueron vulneradas desde muy pequeñas, no queridas desde la madre, desde el
padre, desde el abuelo… no conocieron esa integridad de protección. Por tanto,
sí, eran rebeldes. Pero era una rebeldía con causa”.
Se contrapone el concepto clásico de “alumna”, a-lumna, que
etimológicamente significa “sin luz”; al de integrar a las niñas como personas
de opinión y forma de ser válidas ante la guía educadora.
“Educar mediante la base de que ellas puedan realizar tareas
o decidir por sí mismas, voluntariamente, no mediante una presión y
obligatoriedad, que se les diga ‘esto es así, esto tiene que ser así, deben
realizarlo’. No, sino más bien, que ellas puedan lograr a consciencia tomar una
decisión y decir qué pueden realizar en conjunto; porque siempre sus sanciones
eran mediante los oficios: los oficios son las tareas domésticas, por tanto
ellas odiaban las tareas domésticas tanto como yo las puedo odiar; pero si yo
veo que puedo vivir con mi entorno de una forma armoniosa y concientizar que si
quiero tener mi hogar limpio, trabajemos todas juntas para tener ese hogar
limpio.
Y era algo que no tenían en su vida cotidiana, sino que
estaban obligadas a limpiar. No tenían ese sentido de pertenencia de decir
‘este es mi hogar, esta es mi casa, la debo cuidar, vivo con mis hermanas,
compañeras’, y de que se sientan vivir en comunidad. No sentían eso, y yo logré
en poquito tiempo que pudieran sentirlo. Porque, si bien me libré de todos los
esquemas y fui también ‘sancionada’ por la directora o las figuras jerárquicas;
sí se logró que, en comunidad, trabajemos juntas, con ánimos, con armonía, sin
tener que estar obligando a las niñas a que limpien su hogar. Y logramos
trabajar eso en conjunto, juntas y felices”.
Le preguntamos por sus expectativas al llegar a ese trabajo.
“Lograr todos mis proyectos y visiones a partir de mis
convicciones, principios y valores libertarios. Por ejemplo, la educación
antiautoritaria en base a eliminar la educación domesticada que las esclaviza
mediante las sanciones y las tareas domésticas; que son sanciones para ellas:
dependiendo de su mal comportamiento, que la institución tenía por concepto de
desobediencia.
Fue súper complicado llevar la educación libertaria o
antiautoritaria a la práctica porque las instituciones son trabas. De hecho;
los mismos educadores son una traba porque llegan, tal vez, con una visión
diferente pero se envuelven y contaminan con la misma institucionalidad que
reprime, que presiona por tener actitudes autoritarias, siempre con la
disciplina; porque las niñas siempre van a demostrar rebeldía a causa de toda
su vulneración de derechos, de abuso sexual, de que están confundidas. No saben
lo que es realmente amor porque nunca lo han recibido, por tanto su
comportamiento siempre se va a llevar a cabo mediante crisis fuertes, son
secuelas de todo lo que han vivido”.
La disciplina férrea es como los fármacos: un golpe que
resuelve por la fuerza las problemáticas del momento y evita el esfuerzo de
solucionar su causa.
“Llevar a cabo la educación libertaria cuesta, es a largo plazo. Pero vale la pena. Vale la alegría, mejor dicho. Porque es gratificante ver que con un pedacito de amor o salir de los esquemas –si desobedecieron, sancionarlas-… de hecho, yo no las sancionaba mucho, no me gustaban las sanciones, por eso me despidieron de la institución: por no ser una persona autoritaria, por mimetizarme junto a ellas, por ser como amigas. Si bien yo quería educar, las que me educaba eran ellas mediante su experiencia, su sonrisa, su confianza, su alegría pese a toda la adversidad que pudieron conocer desde que nacieron”.
Hace poco dejó de trabajar en el hogar de niñas, la presión
la hizo decidirse a renunciar pero un episodio motivó su despido antes de eso.
Pero un despido paulatino, fundamentalmente porque las mismas niñas no
permitirán que se las arrebaten de pronto y para siempre. La quieren porque
ella también las quiere.
“Esta anécdota pasó
al mes de convivir con las niñas. Se me ocurrió llevarlas al parque. Ese día
había bastante calor. Y dentro del parque -después de jugar, subirnos a los
árboles- había una pileta. Las niñas me preguntaron si podían sumergir los pies
en el agua, yo se los permití. Llegó un punto en que estaban jugando tanto, que
no faltó la que se cayó, por tanto se mojó entera. Empezaron a jugar y me
pidieron si, por favor, se podían sumergir más. Bueno, se los permití porque
las vi tan felices… nuestro trato fue que, si yo las dejaba sumergirse por
completo, al momento en que les dijera que se tenían que salir –para lograr que
se secaran a tiempo- se salieran de inmediato. Y cumplieron. O sea, las dejé
mojarse, jugaron, se rieron, fueron felices y al momento en que yo vi que era
el tiempo considerable en que salieran, cumplieron.
Nos fuimos al hogar y quedamos de acuerdo en que, para
evitar sanciones; porque el hogar no permite que jueguen de tal forma porque…
[se ríe] no sé por qué… por la educación domesticada… entonces eso era un mal
comportamiento, por tanto les dije que no dijeran nada. Y así fue”.
Ya antes nos ha contado que, al tomar el empleo, expresó
claramente su postura profesional y personal sobre la educación, declarando su
rechazo al perfil moderno de autoridad normativa y disciplinaria que recurre a
sanciones frecuentes, ninguneo y diferencia marcada hacia (o, más bien, contra)
las “alumnas”. Aún así, fue aceptada y estimulada a poner en acción este método
de comprensión y guía amorosa.
“Sin embargo, en la última oportunidad, cuando ya era tiempo
de saber que yo iba a cerrar el ciclo en el hogar; también hacía calor y les
permití mojarse los pies con una manguera en el mismo patio del hogar. Hasta me
mojé con ellas.
Sin embargo, tuve que salir del hogar para ir en busca de
otras niñas y cuando llegué ya estaban sancionadas por el hecho de estar muy
empapadas, que eso era un mal comportamiento, no era a lugar para el día por el
tema de la salud…
Y ahí fue cuando se gatilló el que yo no podía mimetizarme
junto a ellas. El hecho de que yo haya dejado a las niñas jugar, simplemente el
hecho de jugar, de ser niñas, el hecho de que les permitiera ser niñas acorde a
su edad y que ellas pudieran realizar sus travesuras tal y como son, gatilló el
hecho de que fui juzgada por la institución porque no soy una persona
capacitada para educar por no ser autoritaria, por no llevar a cabo la
disciplina, por no acatar las reglas de la institución.
Pero jamás podré ser autoritaria, porque las niñas son
niñas, los niños son niños. Se les debe permitir que sean tal y como son, que
puedan ejercer su creación, su creatividad, su empoderamiento tal y como sea
acorde a su edad; de que ellas sean libres.
Si mi convicción es ser libertaria y buscar la libertad ¿por
qué no lo van a ser las niñas, por qué no lo van a ser los niños? Si son
quienes más adelante van a poder vivir
plenamente recordando sus hechos y convivencia en su edad más importante de la
vida.
La sociedad todavía no ve que eso es indispensable, todavía
estamos en educación domesticada en donde no se nos permite ser niños, donde no
se nos permite ser niñas. Sobre todo las
educadoras o el trabajo social se están contaminando por el mismo sistema de
esclavitud de la autoridad ¿por qué yo tengo que ser autoridad frente a niñas y
niños si puedo también jugar con ellos, permitirles ser según su libertad?”
“Sobre todo, creo que hay esperanza. Cuesta demasiado, pero
no creo ser la única. Hay más personas que pueden ejercer mediante estrategias…
aunque cueste, es forzoso, siempre va a estar la presión como una gran máquina
que nos lleva a no realizar lo que nosotras deseamos en sí, para ser
consecuentes y seguir nuestras convicciones”.
“Pero sí es posible, porque en poco tiempo pude ver que las
niñas, a pesar de que me despidieron de la institución; más que perder, gané
mucho más ya que ellas aprendieron los conceptos importantes –como el
compañerismo y la solidaridad- y a trabajar y sentir que ese era su hogar –no
lo sentían así, más bien sentían que era una cárcel-“.
“Tienen todas las necesidades básicas satisfechas con
respecto a la alimentación o a la protección, pero ellas necesitan más que eso.
Por tanto, si yo logré un poquito, creo que mucho más podemos lograr en
conjunto. Más todavía, con los niños y las niñas, saliéndose de los esquemas
autoritarios.
A lo mejor es un trabajo más largo y un proceso a largo
plazo para conseguir objetivos que todas las instituciones piden como objetivo.
Es una tarea difícil y larga pero es la más confortante. Porque a la rápida las
mismas niñas estaban mal genio, con agresividad entre ellas mismas, no eran
capaces de compartir. Y es por la misma situación en que ellas están acostumbradas
a una rutina”.
“Y eso tal vez duró un poco más de pega, dedicarme a ellas
con una sonrisa; a lo mejor me demoraba, no sé, en las tareas domésticas pero
compartir con ellas fue muy gratificante y ver que cuando se cierra el ciclo,
escucharlas a ellas mismas expresarse sobre lo que pudieron aprender o cómo
estuvieron conmigo es más gratificante que cualquier otra cosa. Por tanto, sí
hay esperanza. Siempre hay estrategias de colores para cambiar aunque sea algo
pequeño, pero algo”.
Y la tía Carol es, sobre todo, madre.
“Siempre hay una rutina diaria, siempre la hay. En que ellas
tengan que ir al colegio, qué sé yo. Y muchas de las madres se van olvidando de
que hay algo más en el trasfondo de cómo convivir el día a día con nuestros
niños o niñas, y se van siempre en los temas de que lo más importante son las
compras y los regalos, y así ellas van demostrando que eso significa amor. Pero
más que eso son los momentos de conectividad que uno pueda tener con su hija o
con su hijo. Por ejemplo, acciones que logren unirnos más. El simple hecho de
jugar ya es una conexión y van aprendiendo. Pero muchos padres se van olvidando
de esa conexión, de jugar aprendiendo, de pintar aunque uno no pinte del todo
bien… muchas estrategias pequeñas que pueden servir tanto en un parque como
dentro de una pieza o la casa.
Siendo madre, con visión libertaria, sí que se hace difícil
porque también está la institución familiar. Que también es una gran
institución: la familia. Siempre va a haber una presión de la forma en que nos
inculcan el rol de ser madre. Pero por mi parte, esa institución –siendo que es
difícil-… es mi hija, son nuestras vidas, son nuestras conexiones, nuestro
sistema familiar; por tanto yo elijo el sistema en que puedo vivir con ella; y
es más fácil que poder educar en conjunto a más niñas, pero sí se puede ser
madre libertaria. Aunque cueste”.
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